viernes, 15 de enero de 2010

Algunos de los Responsables

Sres. /as.:


Me citaron aquí para escuchar, para saber, para probar que los imputados realmente cometieron los delitos de los que se los acusa.

En esta sala ordenada, limpia, aséptica, salvo por las emociones que muchos no pueden expresar. A este lugar, señores, es que vengo con la verdad que me persigue, me duele, me enfrenta y me arroja.

Pero no llego sola. Estoy con tantos ojos que saben de los acusados tanto, tanto que es indecible; ojos que los han visto cometer sus infamias y hasta sus muertes… oídos que los han escuchado insultando lo humano, bastardeando la vida. Vengo con ellos, los que han soportado su sistemático frenesí por la impiedad; la crueldad como paso de un plan tan frío y calculado que decir siniestro es poco, casi nada.

Aquí arrojada por la verdad no estoy sola. Sus sonrisas me acompañan, sus tonos, sus palabras. Desde sus decisiones más grandes -VIVIR, formar una familia, militar en proyectos políticos populares y organizados- hasta las del límite entre la vida y la muerte, sus decisiones posibles: resistir con pequeños gestos, que en cautiverio son enormes, inolvidables.

Aquí estoy con ellos que no vienen asépticos como esta sala. Vienen a mostrarnos que querían vivir y que por leso lucharon, que nunca estos “hombres” los juzgaron por nada; que vienen con sudores, con su agonía imparable que nos grita desde sus entrañas, hasta las nuestras.

Hoy y siempre (Sres.)

Mori.

Los Olimareños - Milonga del Fusilado -

ALAS DE PERSEO EN EL OLIMPO

La tierra del escritor son páramos de sombras y
bosques de la memoria personal y colectiva de donde
salen figuras grotescas que sólo el mito arcaico nos
ayuda a reconocer.
Suso de Toro
ALAS DE PERSEO EN EL OLIMPO

Subí los escalones con la seguridad de saber que por fin algo cambiaría. El fogonazo me sobresaltó. Tranquila, me dijo el fotógrafo, Soy del diario La Unión. ¿Me concederá después un reportaje? Con los ojos húmedos y un leve movimiento de cabeza, dije que sí.
Tras la presentación del documento de identidad pasé los controles y esperé a ser llamada. Me detuve junto a la figura de mármol. La miré fijamente para que supiera por qué estaba ahí.
El agua de la ducha la roció. Se estremeció bajo las gotas que recorrían los surcos de su cuerpo. Alzó la cabeza que desde la noche anterior le habían obligado a mantener gacha. Los músculos aliviados, se distendieron doloridos. Se sintió como una barca arrastrada por un aluvión. Se meció con dificultad intentando desentumecerse.
El agua del caño agujereado cayó sobre su cara llevando sus lágrimas. Una mano apretaba la suya mientras le pasaba jabón y calor. Recordó que no estaba sola y la mirada se llenó de cuerpos a los que el interrogatorio había cubierto de signos de resistencia y orgullo.
Me llamaron con un gesto. La puerta se cerró tras mis pasos. En la imponencia del recinto, vi a los cinco hombres que cargarían con el peso de la sentencia en medio de la serenidad y la adustez.
_ ¿Jura decir la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad? _ me preguntaron
_ Sí, juro _ me escuché decir.

La voz a su lado preguntó ¿Cuándo llegaste? Me trajeron anoche, soy de Lanús, digo por si te vas antes que yo. La voz sonó débil Nunca sabemos si los que se van terminan en su casa. Pero de esa esperanza vivimos, alcanzó a decir.
El fin de la caída del agua trajo nuevamente dolor y silencio. Se vistió con dificultad, cubrió los ojos con el trapo y con las manos buscó el hombro compañero y formó parte de la fila que volvió a sus lugares. Intentó dormir de costado y lo consiguió a ratos. Por entre las fisuras de la venda veía acunarse las sombras de las hojas de un árbol en un cuadrado de sol. Imaginó una canción infantil en el lecho infantil. La penumbra la envolvió.
Al rato, alguien le preguntó si estaba bien. Contestó que no y lloró.
_ Ánimo, que no lo sepan ellos o será peor. Preparate porque te volverán a preguntar lo mismo. Vos contestá lo de anoche; será lo que evitará maltratos.
El ruido de pasos la obligó a levantarse. Oyó que le preguntaban cómo estaba. Soy médico. La voz sonó como un bálsamo. Le retiraron la venda de los ojos.
_ Mal, me duele la espalda_ miró fijamente al joven y a su acompañante y sollozó.
_ Bueno_ dijo él _ Lo de la espalda te va a pasar. Pero recordá que yo atiendo de acá para abajo _ descendió la mano desde el pecho a las piernas_ Para arriba no ¿eh?
Lo vio alejarse, mientras la enfermera llevaba el dedo a la boca indicando silencio y simulaba un bostezo. Comenzó a darse cuenta.
Con los días, uno de esos hombres se hizo cargo de su caso. Entre la medianoche y la madrugada la sentaba a escribir “su historia”. Cerca de ella, sacudía su pelo enrulado mientras con la mirada fija parecía querer inmovilizarla. Alguien, Medusa, le decían. Le sacaste algo, Medusa. Pero él callaba. Y ella escribía, escribía poniendo alas en su memoria para volar allí, a lugares donde pudiera encontrar algo nuevo que se deslizara en el papel acompañando el caer de la tinta azul.
De regreso a su rincón, entraba al lavabo donde refrescaba cara, manos, lágrimas. El agua era exorcizante. Cicatrizaba los surcos de la espalda, era fuente en la boca reseca; la sentía correr, la aliviaba.
Cuando le preguntaban cómo le había ido respondía Igual que Perseo con alas, pero no en los pies sino aquí. Las manos mariposeaban alrededor de sus sienes. Medusa no me petrificará mientras mi memoria vuele. Eran los únicos momentos en los que volvía a ser ella, que ya no tenía esperanzas pero que jamás lo confesaría por no entristecer a sus compañeros de sufrimiento.
Una noche la llevaron a otro sector, le dieron ropa y le ordenaron bañarse. Creyó que sería la prueba de fuego. Mil ideas pasaron por su mente. Qué sería de ella. Adónde la trasladarían. Y otra vez el rocío calmó el erizamiento en las cicatrices abiertas ahora desde adentro y borró la sal de las mejillas.

_ ¿Es Ud. amiga, enemiga, pariente o deudora de aquellos a los que viene a denunciar?
_ No, nada, señor dije.

Con la cabeza gacha entró al Falcon verde. Dos adelante, uno a cada lado de ella, atrás. Pasaron los minutos, la oscuridad dio paso al neón a través de los párpados. A sus oídos llegaban las voces admonitorias Esta vez te salvaste, Con nosotros no se juega. Cuidá las amistades. Frenadas, vueltas. Ya llegamos, Bajá y no te des vuelta. Y que no nos enteremos que contaste algo.
Escuchó lo que podía ser un ruido de armas. Los segundos fueron eternidad. Se prendió al timbre. El coche arrancó. La puerta se abrió con cuidado y la cara de la hermana le sonrió entre lágrimas. La ternura las fundió.

_ ¿La guían a este tribunal deseos de venganza o prejuicios? _ me preguntó la voz neutra.
_ Sólo de justicia, señor. Y comencé mi declaración.
Elsa.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Entrevista a la Hija de Kalinec (doctor K)

Analía Verónica es la hija de Eduardo Emilio Kalinec y decidió contar la historia de su padre. el doctor K está siendo juzgado en la causa ABO, junto a otros represores.
Por Jimena Rosli


Papi está preso”. El llamado la aturdió. Tenía a su hijo en brazos, a punto de amamantarlo. “Es por cuestiones políticas, culpa de este gobierno”, le dijo su madre. En vez de aclarar las cosas, la confundió más. Aquel 31 de agosto de 2005 Analía Verónica se fundió en un llanto largo y profundo. Es la hija de Eduardo Emilio Kalinec, alias Doctor K, uno de los diecisiete implicados en la causa de Campo de Mayo por la represión ilegal perpetuada durante la última dictadura militar. A su padre se lo juzga por intervenir en la custodia de los detenidos, en interrogatorios y en tormentos en tres centros clandestinos de detención: Atlético, Banco y El Olimpo. Oficial ayudante de la Superintendencia de Seguridad Federal de la Policía Federal Argentina, Kalinec llegó a ser comisario, aunque siempre negó haber llegado a ese cargo en la fuerza.
Analía no cuenta su historia, la escupe. Escribió una carta abierta de cincuenta hojas. Después de mucho meditarlo, hoy decide hablar con Miradas al Sur. Lo hace firme y en ningún momento titubea. Su hijo más pequeño llora, demandando un poco de atención. Le tira de las polleras negras de bambula. “Éstas son las fotos de la época en que mi papá era represor”, muestra Analía. Una foto carnet blanco y negro muestra a un muchacho joven de cejas negras. De civil, con expresión seria. Algo sonriente.
Analía es docente. Trabaja como maestra recuperadora de chicos con dificultad en el aprendizaje. Su labor consiste en sacarlos del aula y nivelarlos, para luego incluirlos y posibilitar la integración. Defensora de la educación pública, paró semanas atrás contra el gobierno de Mauricio Macri. Dos de sus hermanas son policías. María de los Ángeles –Titi– se recibió de abogada en el Instituto Universitario de la Policía Federal y trabaja en un estudio de abogados policías. Alejandra es licenciada en Relaciones Internacionales, graduada en la misma institución.
“Fijáte cómo son las cosas: a las dos las metió mi viejo –se resigna Analía– y es como un clan. Yo quiero sacar a mis hijos de ahí”. La otra hermana, Claudia, cortó relación con la familia y nunca más se supo de ella. Paradojas de la vida, su marido estuvo exiliado durante la dictadura, dos de sus amigos aún están desaparecidos, y su suegro, el Doctor K, está involucrado en la causa.

Las visitas. Marcos Paz fue el primer destino de Eduardo Emilio Kalinec. Antes de terminar en Devoto, tuvo una estadía en el edificio del Cuerpo de Policía Montada. Fue el único que tuvo ese privilegio. Según Analía, porque tiene una memoria prodigiosa. Mejor bien cuidadito con tanta información. Los domingos eran los días de asado familiar en el quincho del lugar. No faltaba ni el aire acondicionado ni Lunero –el caballo que le habían asignado para que descanse– ni el vecino Christian Von Wernich. “Pobre cura, es muy buena persona”, decía su padre.
El fin de semana siguiente a la elevación de la causa a juicio oral, Analía, su madre y su hermana Titi lo fueron a saludar. El mandato era claro: papá estaba bajoneado y había que tirarle buena onda. “Cuando lo vi me impresioné. Estaba con los ojos llorosos y muy nervioso. Lo abracé fuerte y le di un beso. Nos sentamos, me agarró la mano y me preguntó si pensaba que él era un monstruo. Yo le dije que sí. Empezó a temblar”. Al otro día, lunes 30, sonó su teléfono celular. Estaba dejando a sus hijos en el jardín. Apenas atendió, una voz grabada le informaba que la llamada provenía de un instituto penitenciario. Le resultó extraño. Su padre nunca la llamaba a su teléfono personal. Con la voz llorosa, Kalinec le confesó lo solo que se sentía y cuánto necesitaba escucharla. Analía, con un nudo en la garganta, intentó explicarle que tenían maneras diferentes de pensar. Esa noche le garabateó una carta. “Te invito a sincerarte, a que permitas cuestionarte. Te invito a ponerle el pecho a tu propia historia. Sin picanas ni submarino”.
El escrito tuvo sus repercusiones. Su mamá la llamó y le reprochó la carta horrible que había escrito. En un papelito al lado del teléfono, Analía respondió: “Horrible no es lo que yo hago, horrible es lo que él hizo. Horrible no es lo que digo, horrible es no decirlo. Horrible no es mi carta, horrible es lo que pasó”. La situación la desbordó y afectó a sus hijos. La llamaron los directores del jardín, alarmados. Su hijo más grande andaba diciendo a sus compañeros que su abuelito “había matado muchas personas”. Los nenes de sala de cinco años, interesados, lo atosigaban a preguntas sobre si lo había hecho con una ametralladora o con qué tipo de arma.

La crisis. “Recién caí en lo que era mi viejo cuando la causa se elevó a juicio oral”, confiesa Analía. La orden la había dado el juez federal Daniel Rafecas el 25 de junio de 2008 y el Tribunal Oral Federal Nº 2 de la Capital Federal sería el encargado de realizar el juicio. Kalinec negó siempre su participación en los hechos que se le imputan. Incluso promete hacerle un juicio millonario al Estado apenas salga en libertad. Su abogado defensor, Juan Martín Hermida, había pedido su excarcelación por falta de méritos. Sin embargo, en la cárcel, le dijo una vez a Analía: “¿Cómo no ponerle una picana a un tipo que sabés que tiene información?”.
Dispuesta a investigar, Analía le pidió a su hermana Claudia que le envíe la causa por mail. Se sentó en la computadora y empezó a leer. No paró de llorar hasta terminar las 812 fojas. Luego puso el nombre de su padre en Google. Listados de organismos de derechos humanos lo nombraban y lo denunciaban por hallarse en funciones. Y libre.
“Al principio me comí el buzón de que él luchó por la patria. Lloraba por lo injusto de la situación. Sin darme cuenta me fui dando cuenta. Y empecé a llorar por lo justo de la situación”, confiesa Analía. A Kalinec se lo acusa de 181 privaciones ilegítimas de la libertad. Lo nombran los testimonios de Mario César Villani, Ana María Careaga, Delia Barrera de Ferrando, Miguel D’Agostino, Nora Bernal, Daniel Aldo Merialdo, Horacio Cid de la Paz y Javier Antonio del Cerro.
“Es muy duro saber que mi papá empuñaba una picana con las mismas manos con las que me tocaba. Y que la misma voz que me sigue diciendo que me quiere es la misma que dio orden de muerte y de tortura. ¿Cómo puedo hacer para unir en la misma persona a mi papá y al Doctor K?”, se pregunta Analía en su carta. Intentó hablar con su familia, pero ninguno quería. Hermética, su abuela Elsa –la mamá de su padre– decía no recordar nada. Sólo Laura –la hermana de su papá– accedió a contar todo lo que sabía. De chica, ella también había sufrido torturas por parte de su hermano. Le ponía la cabeza en un balde de agua durante mucho tiempo, hasta la desesperación. “Es un juego”, le decía el futuro Doctor K.
Laura le contó también sobre su primer matrimonio con un señor de apellido Giménez, que fue compañero de Kalinec durante la dictadura. Algunas veces, cuando volvía a su hogar, Giménez llegaba descompuesto y vomitaba. Y le decía a la tía de Analía: “Esto es una carnicería, yo no sé como tu hermano puede hacer lo que hace”.
Analía se enteró de lo que tenía ganas de enterarse y también de lo que no. De abusos familiares, de infidelidades –varias– por parte de su padre. Hasta de una supuesta media hermana, de una mujer que su padre habría dejado embarazada. Recordó a su padrino, un tal Fernando Guillermo González, al cual no vio nunca más. González había adoptado una beba llamada Mariana en el año ’80. Intentó buscarla, pero al tener un apellido tan común se le complicó. Analía tiene serias sospechas de que esa nena es hija de desaparecidos.

Las cosas por su nombre. “Mi papá es un represor”, sentencia Analía. La dureza y realidad que impone al hablar se reflejan en sus ojazos azules. En ningún momento se le llenan de lágrimas. Hoy hace terapia en el Centro de Atención por el Derecho a la Identidad de Abuelas de Plaza de Mayo. Ya casi no se habla con nadie de su familia y sólo la acompaña Luis, su marido. Mucho antes de que se sepa todo, en una muestra de derechos humanos de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de Buenos Aires, su primo Germán encontró el nombre y apellido de su padrino, el papá de Analía.
Era uno de los pocos que no tenía fotografía. Al parecer, organismos de derechos humanos lo habían estado siguiendo para fotografiarlo, pero ante el hábil y escurridizo hombre, nunca dieron con su cometido. Analía fue quien aportó su imagen. La entregó personalmente a la agrupación Hijos. Su rostro es hoy difundido en carteles que exigen juicio y castigo. “Meses antes de que lo lleven a prisión preventiva estaba con una actitud muy persecuta –deduce Analía–. Algo sabía. Alguien le había informado.”
El día del inicio del juicio, el único espacio libre para acceder a la sala era para un familiar. Analía no quiso entrar así. Estuvo en lista de espera con un primo hasta que lograron entrar como público: “No iba como familiar a apoyar lo que hizo. Yo vengo como parte de una sociedad. De última como hija, pero para repudiarlo y denunciarlo”. La separaba de su padre una distancia de seis metros. Lo encontró igual a como lo había visto la última vez, quizás un poco más gordo.

De animalito a mujer. A Analía su papá la llamaba la vizcachita, porque en un momento, cuando era chica, sólo tenía dos dientes arriba y dos abajo. Como el animalito. “De chica yo era su novia. Siempre lo acompañaba a todos lados y estaba con él. Cuando él venía de trabajar yo iba a recibirlo gateando”, escribe en su carta abierta Analía. Y pone el verbo “trabajar” en itálica.
La historia de Analía es similar a la de Ana Rita Laura Pretti Vagliati, hija del comisario bonaerense Valentín Milton Pretti, alias Saracho. Su padre había participado de la dictadura militar, torturado y asesinado personas. Presentó una demanda en el tribunal de familia número 2 de Lomas de Zamora para suprimir su apellido paterno. En 2007 se convirtió en el primer y único caso en el cual la Justicia autorizó a llevar sólo el apellido materno. Se le hacía insoportable llevar su nombre junto a la herencia de un torturador. Analía lo pensó, pero no tomó la misma decisión: “Es parte de mi historia y de lo que soy yo”. Es la misma dicotomía que se le presenta hoy. El proceso que aún sigue resolviendo. Que terminará el día que se dicte la sentencia. O posiblemente ni siquiera. El máximo deseo de Analía es dejar de ser su vizcachita y pasar a ser una mujer con identidad propia.
–¿Lo seguís queriendo a tu papá?
–Sí, es mi papá y siempre lo va a ser. Lo quiero, pero lo espero de la vereda de enfrente.
fuente: www.elargentino.com

lunes, 14 de diciembre de 2009

Lunes 14 de Diciembre

Comenzaron a declarar los testigos en juicio por delitos en Primer Cuerpo de Ejército
14/12/2009 - Este lunes arrancaron las audiencias testimoniales en el proceso por delitos en los centros clandestinos de detención que funcionaron sucesivamente en Atlético, Banco y Olimpo. Todos los imputados se negaron a declarar
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Comenzaron a declarar los testigos en juicio por delitos en Primer Cuerpo de Ejército

Este lunes, a partir de las 14, el Tribunal Oral Federal Nº 2 de la Capital Federal comenzó a escuchar declaraciones testimoniales en el segundo juicio oral por delitos de lesa humanidad cometidos durante el último gobierno de facto en jurisdicción del Primer Cuerpo de Ejército.

Se trata del debate en el que se investigan las causas caratuladas “Miara, Samuel y otros” y “Tepedino, Carlos Alberto Roque y otros”, referidas a crímenes cometidos en los centros clandestinos que funcionaron sucesivamente en “Atlético”, “Banco” y “Olimpo”, en perjuicio de 184 víctimas.

En el primero de los casos la acusación se circunscribe a delitos de privación ilegítima de la libertad y tormentos, mientras que el segundo corresponde al homicidio de Carlos Guillermo Fassano y Lucila Adela Révora de De Pedro.

El juicio comenzó el 24 de noviembre y el debate está a cargo de los jueces Jorge Alberto Tassara, Ana María D’Alessio y María Laura Garrigós de Rébori. Durante las primeras audiencias todos los imputados se negaron a declarar.

Las jornadas se desarrollan los lunes, martes y miércoles (este último semana de por medio), a partir de las 9. Se estima que el debate se prolongará durante 8 meses y que prestarán declaración testimonial alrededor de 400 personas.


Causa “Miara”

En la primera de las causas del juicio, además de Samuel Miara (Subcomisario (R) de la P.F.A.), los imputados son: Julio Héctor Simón (Oficial (R) de la P.F.A.); Raúl Antonio Guglielminetti (Ex agente civil de inteligencia del Ejército Argentino); Raúl González (Comisario (R) de la P.F .A.); Eufemio Jorge Uballes (Subcomisario (R) de la P.F.A.); Eduardo Emilio Kalinec (Comisario (R) de la P.F .A.); Roberto Antonio ROSA (Oficial (R) de la P.F.A.); Juan Carlos Falcón (Principal (R) de la P.FA.); Luis Juan Donocik (Comisario (R) de la P.F.A.); Oscar Augusto Isidoro Rolón (Oficial (R) de la P.F.A.); Guillermo Víctor Cardozo (Primer Alférez de Gendarmería Nacional);Eugenio Pereyra Apestegui (Primer Alférez de Gendarmería Nacional); Juan Carlos Avena (Oficial (R) del Servicio Penitenciario Federal); Ricardo Taddei (Principal de la P.F.A.); y Enrique José Del Pino (Capitán del Ejército Argentino).

El fiscal interviniente es Alejandro Alagia, miembro de la Unidad de Asistencia para Causas por Violaciones a los Derechos Humanos.

Las 47 partes querellantes se encuentran unificadas en dos grupos bajo la representación, por un lado, de Carmen Elina Aguiar de Lapacó, Carolina Varsky y Florencia Gabriela Plazas, y por el otro, de Delia Barrera y Ferrando, Jorge Paladino y Jorge Alberto Allega (con la asistencia de Luis Fernando Zamora y Luz Palmás Zaldúa).


Causa “Tepedino”

En el expediente que encabeza Carlos Alberto Roque Tepedino (Jefe del Batallón de Inteligencia 601), están imputados también Mario Alberto Gómez Arenas (segundo jefe de la Central de Reunión del Batallón de Inteligencia 601); Enrique José Del Pino (Capitán del Ejército Argentino); y Juan Carlos Avena (Oficial (R) del Servicio Penitenciario Federal).

En este caso se investiga el hecho que habría acontecido el día 11 de octubre de 1978, cuando personal de la Central de Reunión del Batallón de Inteligencia 601, en apoyo del Primer Cuerpo de Ejército, habría ejecutado un procedimiento en el cual se habría producido el homicidio de Carlos Guillermo Fassano y Lucila Adela Révora De Pedro (embarazada de ocho meses al momento del hecho). En el domicilio se encontraba el menor Eduardo Enrique De Pedro, quien habría sido sustraído por las fuerzas intervinientes y entregado a su familia recién el 13 de enero de 1979.

En lo que a este expediente concierne, se dispuso que la lectura del requerimiento de elevación a juicio, auto de clausura, cuestiones preliminares, indagatorias y producción de prueba, se materialice una vez finalizado el juicio oral que lleva adelante el Tribunal Oral en lo Criminal Federal nro. 1 de San Martín en la causas nros. 2043/2031/2034/2023 donde se encuentra acusado Tepedino, todo ello en el marco del juicio oral que se estará desarrollando en relación a la causa nro. 1668 del registro del tribunal.

En la causa se encuentra constituido como parte querellante Eduardo Enrique De Pedro, con la asistencia de Jacobo Grosman. También interviene el fiscal Alagia.
Fuente: http://www.cij.gov.ar/imprimir.html?nid=3119

jueves, 10 de diciembre de 2009

Jueves, 10 de diciembre de 2009

Once imputados por delitos de lesa humanidad no prestaron declaración por consejo de sus abogados
Un renovado pacto de silencio
Alineados frente al Tribunal Oral Federal 2, los militares, gendarmes y policías acusados por su actuación en el Atlético, El Banco y El Olimpo no hicieron uso de la palabra. Esta vez, las cámaras pudieron registrar los rostros de los victimarios.

Por Diego Martínez

El pacto de silencio se mantiene. Once imputados por crímenes de lesa humanidad en el Primer Cuerpo de Ejército que juzga el Tribunal Oral Federal 2 (TOF2) respondieron ayer que, por consejo de su defensora oficial Verónica Blanco, no iban a prestar declaración indagatoria. La jornada tuvo un comienzo inusual para la historia de los juicios a represores en Comodoro Py: una docena de fotógrafos y camarógrafos retrataron durante cinco minutos, antes del comienzo, a Guglielminetti, Simón & Cía. El proceso por secuestros y torturas en el circuito Atlético-Banco-Olimpo continuará el lunes, cuando el TOF2 les conceda la palabra a los imputados que tienen abogado particular: el capitán Enrique Del Pino y los policías Samuel Miara, Eufemio Uballes y Roberto Rosa.

Cuando el gendarme Guillermo Cardozo pasó al frente, el resto de los imputados debieron abandonar la sala, esposados de a dos. La jueza Ana María D’Alessio le explicó que no estaba obligado a declarar, que no debía prestar juramento y que no se usaría el silencio en su contra.

–¿Entendió los hechos motivo de la imputación?

–No voy a declarar –se apuró el gendarme.

Con tono cordial, D’Alessio le explicó que debía responderle.

–Lo he entendido –se explayó.

Dio sus datos personales, ratificó la negativa y durante una hora escuchó su indagatoria en instrucción. Tras el Mundial de 1978, el coronel Roberto Roualdes lo designó en el Destacamento Móvil 1 de Gendarmería para “dar seguridad al lugar de reunión de detenidos en Lacarra y Falcón”, léase Olimpo. Debió “preparar a cuarenta hombres para dar seguridad” ante “posibles ataques subversivos”, dijo, y agregó que Roualdes le aseguró que eran “detenidos en transición” que “iban a recuperar su libertad”. Su mayor desafío fue enfrentar “la desmoralización de mi fuerza” por la mala comida, la falta de lugar de alojamiento y el maltrato de militares y policías que los consideraban “negritos del interior”. Fechó el “repliegue del personal” en enero de 1979, tras el último traslado de El Olimpo. “Gendarmería no tenía responsabilidad sobre terroristas detenidos” y tampoco sobre “la destrucción de documentos que probarían mi inocencia”, dijo. “No cometí delitos, simplemente cumplí con mi deber”, concluyó.

El comisario Raúl González dijo al pie de la letra las dos frases que le indicó su abogada: “Por pedido expreso de mi defensa me niego a declarar” y “Mi domicilio es la unidad penal de Marcos Paz”. En las declaraciones que le leyeron aseguró no haber conocido centros de detención. “Cumplía funciones técnicas, como oficial de comunicaciones”, agregó. Negó conocer los alias de los represores, excepto el de Julio Simón, “Turco Julián”, por las entrevistas en televisión.

Raúl Guglielminetti se presentó como “comerciante”. Dijo haber sido “empleado civil del Ejército durante cuatro años”, periodista en Neuquén y hombre abocado a “actividades privadas” en Estados Unidos y España.

–¿Va a prestar declaración? –preguntó D’Alessio.

–No en este momento, señora presidenta –dijo.

Su indagatoria en instrucción fue breve. “No tenía acceso a lugares operativos y no me consta que los mencionados lo fueran”, dijo luego de ser detenido en su quinta La Mapuche, de Mercedes.

Luego se leyó la declaración de Juan Carlos Falcón, custodio del ministro del Interior Albano Harguindeguy hasta 1982, detalle que “me convirtió en un blanco fácil”, dijo. Explicó que apodaban Kung Fu a todos los karatecas del Círculo Policial, pero que no fue él quien actuó en cautiverio, adjudicó la confusión al inspector Peregrino Fernández, ayudante de Harguindeguy en 1976, y aseguró que el Kung Fu torturador fue el suboficial Luis Armando Galarce, porque “estuvo en el departamento Situación Subversiva”. Por la tarde, luego de un cuarto intermedio, ratificaron su silencio el gendarme Eugenio Pereyra Apestegui, el penitenciario Juan Carlos Avena y los policías Simón, Eduardo Kalinec, Luis Donocik, Oscar Rolón y Ricardo Taddei.
Link a la nota:
http://www.pagina12.com.ar/imprimir/diario/elpais/1-136743-2009-12-10.html

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